4.10.10

Meditación



En mitad de una noche cualquiera, se levanta como sonámbula. Se despierta sin motivo, escuchando una voz muy clara. Oye las sílabas llegar desde lejos, vienen sin invocarlas. Busca papel a tientas y transcribe las palabras. Con buena caligrafía sigue a la voz noctámbula. Así, permanece durante horas y va llenando las páginas. El relato en su lectura no significa nada. “No es el significado, lo importante es la danza” explica de madrugada. “Es un ritmo, un compás, una cadencia que acuna y calma. ASDFG ASDFG ASDFG ASDFG, sería su traducción automática”. Cuando se apaga la voz, ella se queda exhausta. Vuelve a la cama, tranquila, bajo el efecto de un mantra.

27.9.10

Bocados



Hoy le tocaba a Cristina elegir el restaurante para comer y nos ha llevado a un sitio chic. Una de esas catedrales de diseño minimalista, donde te atienden camareros que cambiaron la grasa abdominal por buenos bíceps, que visten íntegramente de negro, se depilan las cejas y tienen una sonrisa perfecta. La comida se pierde en platos inmensos y cuadrados, pero Cristina no necesita más de veintiún gramos para alimentarse. Ella disfruta con el contacto metálico de la punta del tenedor, a juzgar por su forma de separarlo de la boca. A Mercedes sin embargo, los sitios donde la comida escasea le agrian el carácter y no le queda otro remedio que cambiar por tragos todas las cucharadas que le escatiman.

  • Lola, ¿cómo quedaste con aquel concurso de escritura sobre mujeres objeto? -pregunta Cristina.
  • Nada. Ni siquiera quedé finalista para que me publicaran el relato -le contesto.
  • No desesperes. Todos esos premios están pactados. Lo mejor es que organicemos un premio en la Biblioteca y te lo concedamos. Hay que lanzarte ya querida, muero de ganas por acudir a un cóctel y hablar con Boris Izaguirre. Sería estupendo, ¿verdad Mercedes?
  • Bueno, también hay que contemplar la posibilidad de que no valga la pena lo que escribe. A mi me parece, Lola, que intelectualizas la escritura. Ser escritora da un aura de exotismo que otras aficiones no proporcionan, pero yo no diría que soy futbolista si lo que me gusta es ver el fútbol -declara displicente.
  • Tienes razón. Se escribe escribiendo y yo no me dedico nada -confieso.
  • Pues claro, sé más pragmática y hedonista que pareces una monja de clausura. Sólo te falta hablar con Dios.
  • No le hagas caso que ya está borracha -tercia Cristina. Tu escribe, que ya me encargaré yo de tu promoción.


Terminamos la comida con cagarrutas de chocolate servidas en baldosas de pizarra. Contentas por el vino y un poco hambrientas.



Al llegar a casa me siento frente a la pantalla dispuesta a escribir. A escribir, no. A mirar el correo. Leo:


Saludos a la joven promesa,


Le escribimos desde la escuela de autores con motivo de la transferencia realizada a nuestra cuenta para la inscripción en el curso virtual “NovelaI”. Le damos la bienvenida y le adjuntamos el archivo con las tareas de inicio y el correo electrónico jovenpromesa17654@novelistas.es a través del cual nos comunicaremos.

Le reiteramos nuestro compromiso de que saldrá de la escuela con su novela. Buena o mala.


Atentamente,


Su tutor



25.9.10

Haruki Murakami



Me aproximé a su escritura con la tríada Kafka en la orilla, Tokio blues y Sputnik mi amor. La muestra, es poco significativa, pero pasarán muchos autores antes de que caiga otro libro suyo en mis manos. Este japonés esquivo domina a la perfección el cajón de personajes evanescentes y el de las melodías. Aunque dé pereza, vale la pena escuchar las referencias musicales que salpican profusamente sus textos, herencia que le quedó por regentar un local de jazz en su época universitaria.


Haruki tiene un estante abierto en mi biblioteca por dos motivos: no le rinde pleitesía a Mishima y es un modelo de calidad de vida. Vive entre Japón y Hawai y no se prodiga mucho por librerías, ni televisiones, para promocionar sus novelas. Seguramente, como no le hace falta, prefiere invertir el tiempo en escribir más y entrenar para maratones. Dicen que de madrugada siempre hay una luz encendida en la habitación del Hotel Halekulani donde está trabajando y después baja un rato a correr por la playa. Cuando vi las habitaciones del hotel pensé que en ese sitio se me iban a agolpar las novelas en los dedos y hasta las piernas me pedirían carreras.


Pensando que era el entorno lo que hacía al escritor compré libretas en paquetes de diez, cambié la máquina de escribir por un ordenador de diseño; quise trabajar en una mesa amplía y adquirí una de dos metros, y a punto estuve de firmar una hipoteca. Invertir en una casa en la montaña, en un lugar remoto y con sólo cincuenta habitantes me parecía lo más sensato para que la inspiración me encontrara. Las páginas se mantuvieron siempre vírgenes.


Esta mañana, al salir a dar un paseo por la Albufera, he saludado a un agricultor absorto en sus pensamientos. Sentado en una hamaca, bajo el emparrado de su casita de aperos, el perro a su vera y en sus manos, unos prismáticos que reposaban sobre su pecho. Alzaba la vista y seguía en el horizonte la linea dorada de las espigas de arroz; se acercaba las lentes y seguía el juego del aguilucho lagunero con las bandadas de ánades del Parque Natural colindante.


-¡Muy buenos días -le he dicho- y ni que escribir tiene!




18.9.10

Yukio Mishima


Llegué a Mishima a través de Nothomb. Debería haberlo considerado una señal de alerta pero estaba tan contenta con Amelie que, por aquello de que un libro lleva a otro, no hice caso del aviso y compré gran parte de la bibliografía del japonés. El recorrido no llegó más allá de sus tres primeras novelas.


Confesiones de una máscara. Escrita a sus 24 años. El protagonista es un adolescente, enamorado de un joven de torso atlético e inmaculado intelecto. Venera a su amado como a un San Sebastián y se imagina, llevándolo a rastras, arrancándole la piel a tiras.


Sed de amor. Tal vez a causa de la sed, los protagonistas viven sus pasiones en silencio. Un diario falso ideado por la protagonista los llevará a todos, entre unas cosas y otras, a pasar por el filo del sable.

El pabellón de oro. Centrado en el concepto de la belleza y sus virtudes, el autor realiza una deriva tal, que el protagonista empieza pisoteando el vientre de una mujer y termina quemando el pabellón de oro. Desde la colina, fumando un cigarrillo observa el fuego avanzar.


Aquí me quedé con su obra, pero el propio Mishima parece más un personaje. Además de su rutina literaria, seguía estrictas sesiones de musculación. Ya escribió en las confesiones: “Todos dicen que la vida es un escenario. Pero la mayoría de las personas no llegan, al parecer, a obsesionarse por esta idea, o , al menos no tan pronto como yo”. Mantenía un cuerpo perfectamente trabajado para poder mostrarlo en cualquier momento. Escribía lecciones espirituales para jóvenes samurais y en su tiempo libre impartía docencia para una milicia patriótica. Puestos a enseñar disciplina, participó en un intento de golpe de estado, pero sus pupilos no se levantaron con suficiente ímpetu y fracasó. Terminó su vida y obra practicando seppuku, se abrió en canal y dejó la decapitación para su asistente. Dirán que no se veía venir.


Nothomb también me habló de Céline. Compré sus libros, pero justo antes de abordarlos leí este reportaje. Si alguien quiere los libros se los regalo.


27.8.10

Kafka y yo



Algunas veces he dicho con la boca pequeña que me gusta escribir. Esto vendría a ser falso porque no tengo nada que ofrecerle a un editor, pero en mi fuero interno creo que soy escritora y además muy buena.


Desde que leí a Kafka creo que su celebridad está sobredimensionada y que mis pensamientos y mi obra podrían estar, en un futuro cercano, a la misma altura que la del checo. A mí, Franz me gusta porque escribió poco, porque no terminaba nada, porque no podía estar mucho tiempo en un mismo piso, porque pensaba que el silencio era indispensable para la felicidad y porque miraba las cosas desde ángulos tan complementarios que venía casi siempre a representar un absurdo. Para mí, como que lo entiendo...o eso pensaba.


“Es Isabella, la jaca torda, la vieja yegua, no la habría reconocido entre la multitud, ahora es toda una señora, hace poco nos vimos casualmente en un jardín, en una fiesta benéfica. Hay allí, algo apartada, una pequeña arboleda en torno a un prado fresco y umbroso, lo atraviesan varios senderos, a veces es muy agradable estar allí. Yo conocía de antes ese jardín y cuando me cansé de la fiesta me metí por aquella arboleda. Apenas estoy debajo de los árboles veo que del lado opuesto viene a mi encuentro una señora alta; su altura casi me desconcertó, fuera de ella no había nadie por allí con quien pudiese compararla, pero estaba convencido de que no conocía a ninguna mujer a la que ella no le sacara varias veces -en el primer momento de asombro hasta pensé que infinitas veces- la cabeza, pero cuando me acerqué más, me tranquilicé enseguida. ¡Isabella, la vieja amiga! “¿Cómo has podido escaparte del establo?” “Oh, no ha sido difícil, en realidad me tienen aún por compasión, mi época ha pasado; si explico a mi amo que, en lugar de estar en la cuadra sin hacer nada, quiero conocer un poco el mundo mientras disponga de fuerzas suficientes, si explico eso a mi amo, él me comprende, busca alguna ropa de su difunta esposa, me ayuda incluso a vestirme y me dice adiós deseándome que lo pase bien.” “¡Qué bella eres!”, digo yo, sin ser del todo sincero ni del todo mentiroso.


Me hipnotiza este relato por algún motivo que no sé explicar y le pido a mi madre su impresión. En cuanto termina su lectura dice: “Una putita esta Isabella”. Pero qué ha leído esta mujer y entonces me entra un ataque de risa. Mi madre crece entonces que soy yo la que le está gastando una broma y me dice: “Pero hija, no creerás tú que es una yegua que habla”. Pues sí, sí creo que es una yegua que habla y se viste de mujer y sale en busca de libertad a los pastos, que para eso es Kafka el que escribe. Ella ahora se ríe mordiéndose el labio para no descoyuntarse el maxilar, viéndose ya en la necesidad de explicarme que los niños no vienen de Paris. Es tanta su incredulidad que decide pedir otra opinión “¿Tienes un momento antes de irte para leer una cosa?” le pregunta a mi padre antes de salir. Le tiende el libro y señala los párrafos y tras la lectura se pronuncia: “Una prostituta vieja”. Mi madre le quita el libro de las manos y me mira con conmiseración.

Al final de la mañana, vuelvo a ver a Isabella al establo pero ahora ya no relincha.

26.8.10

¡Manifiéstate!


Manuel se indigna si no participo en las manifestaciones que me propone. Repasa su lista mensual y selecciona, sólo para que le acompañe, las más acordes con mis convicciones.

Él participa en todas. Dirías que es un hiperconcienciado social viéndolo encabezar las marchas; defender con uñas y dientes una causa cuando le ponen un micrófono delante; o desgañitarse aullando consignas que riman.

"Lola, el motivo es lo de menos" me confesó un día. "Yo haría de manifestarse una filosofía de vida. Es lo más cercano que tenemos de nuestro pasado tribal. En una manifestación algo resuena en el interior de cada uno de nosotros. Donde se reúnan unos cientos de personas por una lengua que se extingue, una estafa millonaria, un político corrupto, un cura pedófilo, una antena de telefonía o unos árboles del parque, ríete de los métodos para segregar endorfinas. Gritos, aplausos, clamor, unión, comunión, euforia... En resumen: catarsis colectiva", declama ya en su fase más reivindicativa. "Es como el futbol pero con algo de sentido. Si te has implicado lo suficiente los efectos pueden prolongarse hasta 48 horas".

A mí, sin embargo, me pasa justo lo contrario, sea cual sea el motivo de la marcha siempre acaba invadiéndome un estado de tristeza tal, que por justa que sea la causa vuelvo a casa derrotada. Ante el fragor de la masa me da por llorar.
En mi último intento, Manuel me aseguró que aunque el tema era serio se preveía poca participación. Agricultores y ecologistas en un encuentro muy campechano. El tema de los transgénicos no tiene de momento mucho eco y para algún apunte mediático en el que se podría explicar el tema, el socorrido experto, no viene a decir nada.

Manuel tenía razón, para ser un encuentro nacional la llamada fue de poco alcance. Allí desfilaban la doctora en Biología, el cooperativista ecológico y la periodista inactiva, ellos bien empollados del tocho de Marie Monique Robin, en su cruzada contra el gigante Monsanto. Participaban también el grupo de capoeira al ritmo de tambores, la charanga de abejitas zumbando la abeja Maya, y repartidos entre la multitud especímenes de vacas, mazorcas con tomate, patata y lechugas orgánicas. Todo transcurrió en un ambiente distendido que no se prestaba a demasiadas exaltaciones.
Llegados al final del recorrido, en la explanada de la Plaza del Pilar de Zaragoza, se repartieron cucuruchos de palomitas de maíz y se leyeron manifiestos para clausurar de una manera digna el encuentro. Todo bastante apacible, hasta que llegó, desde la France, un compañero de José Bové. El francés, más ducho en estas lides, se propuso encender una pequeña llama por el movimiento antitransgenía. A medida que avanzaba su discurso, la gente iba encendiéndose. En su arenga de despedida gritó: "¡¡Campesinos del mundo, unigos!!" y aquello fue un clamor. En un intento de quitarle hierro al asunto desvié la atención para observar al fervoroso público, y me encontré a un viejecito de tez morena y bien surcada, manos endurecidas de manejar durante años la azada. Aplaudía emocionado con los ojos brillantes...y yo también.


Manu me ha llamado esta mañana "Lola, a la de hoy no puedes fallar, es por la transhumancia y bajan los pastores con sus rebaños. La piel de gallina". "Que no. Que no voy. Para oír el balido de las ovejas paso" le digo. "Pues no lo entiendo" me responde.










9.8.10

Cigarettes and chocolat milk



Hay conciertos que te persiguen.
Me dio pereza ir a Barcelona a ver a Rufus Wainwright y entonces, a él se le ocurrió pasarse por Valencia. Me avisó de su llegada un titular que pretendía pasar desapercibio. En una esquina y a una columna estaba su nombre, como si hubiese un tal Rufus que se dedicara a la política.
Me invadían, pereza y ganas de ir a partes iguales. Busqué en las crónicas sus conciertos para inclinar a un lado la balanza. La perspectiva no era halagüeña: "Rufus presenta un concierto a medio camino entre un requíem y un velatorio. Sobre el escenario, un piano y sus últimas canciones. Sin aplausos hasta el final para conseguir un ambiente lúgubre. La desnudez de la puesta en escena pone al descubierto sus deficiencias como pianista". Pese a todo, al final siempre obtenía, sorprendentemente, una valoración positiva.
Contra todo pronostico, compré la entrada.
A las puertas del Palau de la Música de Valencia se concentraba un público con mucho estilismo. Parecían estudiosos de las páginas de "The Sartorialist". Ellos, combinaban los pantalones pitillo con zapatos italianos, mayormente sin calcetines; con zapatillas deportivas, con chanclas, y hasta con botas de cowboy. Todos los torsos se cubrían con inexplicables tallas XS. Ellas, se atrevían con menos pero resultaban más glamurosas. Hubo predominio del short con tacones altos, con y sin plataforma; elevada presencia del minivestido vaporoso combinado con sandalia rasa y aparición esporádica del pantalón moruno con bailarinas planas. Todo entraba dentro de unos cánones hasta que apareció Gina Ferri y demostró, que todo aquello era superable. Llegó en el último minuto, evitando así los corrillos. Llevaba un mono de algodón, con caída de seda, color lapislázuli con visos a ultramar. Palabra de honor, sin ornamentos, para mostrar un busto al más puro estilo Nefertiti, con una cabeza rapada perfecta. Durante unos segundos se paralizaron los obturadores antes de que estallaran los flashes.
Casi al mismo tiempo llegaba Rufus al camerino. Pensó que no tenía cuerpo para un concierto tétrico y salió al escenario con una vestimenta que no presagiaba congoja. Llevaba pantalón pitillo, pero él se atrevió con el verde, zapatillas deportivas y blazer amarillo pastel.
Presentó esa noche lo mejorcito y más animado de su discografía.
Si no lo has escuchado nunca, su tono de voz tiene un efecto cosquilleante en el yunque y el martillo, el estribo se contonea de gusto y el mensaje que llega a tu cerebro es que Rufus te gusta. Te gusta como a los chicos que tienes detrás, que le piden descendencía por lo bajini. Te gusta, y desde ese momento le perdonas que seequivoque al piano y hasta piensas que es el mismo piano el que se la quiere jugar. Rufus va cantando y encantando. Lleva su voz arriba y abajo, muy arriba y muy abajo con perfecto dominio. Rie y sonrie y se lo pasa en grande. Por eso será, que al final del concierto la gente se levanta y lo ovaciona.
A la salida, Gina Ferri comentaba a sus allegados que después de escuchar su directo ya tenia motivos para comprar su música.