1.2.12

para leer

28.8.11

Capítulo final


Aquello no podía considerarse una obra de arte pero el corazón empezó a latirle más fuerte y el cerebro parecía perder su anclaje. La temperatura fresca, los colores suaves, las ventanas limpias...borlas en los cortinajes, cortinajes de seda, seda sin arañas

Se acercó a la ventana de la habitación para tomar perspectiva y al ver el campanario de Giotto supo que aquello era lo más cerca que iba a estar de Stendhal. Había pasado el día paseando por Florencia, había admirado al perfecto David y a la tímida Simonetta y ahora cuando entraba a la habitación de hotel al ver la cenefa que el interiorista había colocado en la pared le sobrevenía de repente el vértigo.

Que el exceso de belleza tenía un efecto sobre el organismo era algo poético pero estaba segura que el contraste jugaba un papel determinante en la aparición del síndrome. Se sentó en el borde de una cama king size y se descalzó sintiendo que la moqueta le hacía cosquillas, descalza, sin tener miedo a que se le pegara la pintura rojiza del suelo o a pisar una araña en un descuido. Entró casi en éxtasis al ver que el baño era una enorme sala, con mármol de Carrara o de un mármol cualquiera, tampoco se había convertido ninguna experta, iluminada profusamente con halógenos a ras del suelo, con juegos de jabones y toallas distribuidas sin necesidad de pedirlas, ni mendigarlas.

No quiso salir a cenar, se excusó diciendo que se le había quitado el hambre que ya estaba cansada de tanta pizza, porque no se atrevió a decir que no cambiaba aquello ni por el más exquisito plato de pasta. Se quedó leyendo hasta la madrugada con un ojo puesto en el aire acondicionado y el otro en la página.

El desayuno quiso tomarlo en la terraza, Cavour ofrecía vistas al Duomo y no iba a desaprovecharlas. Allí se quedó mirando aquella cúpula hipnótica hasta que empezó a sentir el efecto de la ola de calor africano que abrasaba aquellos días Italia y que las avispas italianas también querían compartir su buen desayuno.

Con aquellas temperaturas no iba a poder deambular por las callejuelas buscando cartonerías. Iría caminando despacio, buscando siempre la sombra y bebiendo continuamente agua. Bordearía los jardines de Boboli hasta llegar a la puerta romana donde había dejado aparcado el coche para enfilar enseguida la carretera volterrana.

No le costó más de media hora llegar al camino de cipreses del conde de Poppiano, tomar a la izquierda la destartalada via Ripe, la via sin derecho a pavimento ni alcantarillado. Al llegar al fondo y dejar el viñedo a un lado, reconoció los manteles de hule sobre las mesas de la terraza donde picaban felices los tigres y al entrar en la casa al tiempo que los ojos se acomodaban a la penumbra y ver de nuevo aquella manufactura de sedas decidió que tomaba ya el barco.


16.8.11

El poder de evocar






Decir Toscana era pensar en una villa con vistas a colinas de infinitas tonalidades de verde. Era ver viñedos alineados y abigarradas arboledas de pinos, senderos marcados por hileras de cipreses y almenas de castillos medievales. Decir Toscana iba ligado a esa terraza de incomparables vistas y a paseos diarios al sol, bajo la protección de un sombrero de paja y vestida con un romántico modelo de motivos florales y alpargatas de esparto color ocre. Era llegar a través de los olivos a la aldea más cercana, San Quirico digamos, y tomar allí unas copas de vino Chianti, para regresar después a la villa, más contenta aún si cabe.
La imaginación siempre le iba a Carlota muy por delante y cuando llegó a la casa, de noche, frente aquella puerta desvencijada, no se dio cuenta de que las paredes no estaban lucidas, que la mosquitera estaba algo rasgada y que en los huecos de la fachada descansaban palomas y lagartijas. Con la penumbra de la luz roja que había en el salón no pudo ver que en cada rincón estaban agazapadas las arañas, entre las filigranas del candelabro, entre los troncos para la chimenea, entre las pilas de CDs, entre las flores de mimosa de una botella opaca, debajo de cada escalón de la escalera de piedra que subía a las habitaciones centenares de criaturas le podían dar las buenas noches.
Al no ver nada de todo esto bajó tranquila a la cena de bienvenida que le habían preparado sus anfitriones, un plato de comida reconfortante después de una travesía de veinte horas por el Mediterráneo. Habían preparado “pacheri a la sorrentina”, bofetones en su traducción castellana, según le aclaró Morticia, así empezó a llamarla porque aunque no tenía el pelo largo, algo había en sus gestos que le hicieron recordarla. Al sabor del tomate ecológico y la mozarella de Búfala, mordiendo bofetones, le dieron los primeros detalles sobre la casa: justo había llegado en el mes de crisis de electrodomésticos, a día de hoy ya habían dejado de funcionar la lavadora, la batidora y la aspiradora. Aunque a decir verdad puede que la aspiradora nunca funcionó en aquella casa. En la senda del deterioro mensual les seguían la nevera, que no dejaba poner botellas en su puerta amenazando desplomarse; la cafetera, que ya había perdido su mango para facilitar el vertido; o la tostadora, que se camuflaba en plancha chamuscada; o los cubos de basura, que impedían cerrarlos en un arduo proceso de reciclado.
Informada de aquellas eventualidades, todavia le dieron unos últimos consejos, si había que deshacerse de alguna criatura molesta nunca había que hacerlo contra las paredes de la casa, el color mortecino de las habitaciones era exclusivo, y mejor, antes de meterse en la cama darse una buena rociade de locción repelente: el mosquito tigre era otro de los inquilinos de la zona.



A la mañana siguiente después del desayuno al salir a contemplar las verdes colinas y la extensión de los viñedos fue cuando echó de menos la formidable terraza y vio el estado ruinoso de la fachada en toda su extensión. Aún así sin llegar a desmotivarse, quiso aprovechar la invitación que le brindaba una hamaca que colgaba los árboles. Abordó la lectura del único libro que llevaba consigo y mientras descubría la celebérrima magdalena de Proust comenzó a sentir todos los picores. Entró rauda a guarecerse en la casa, no cabía ninguna duda: había sido víctima del ataque de una banda de desalmados tigres y mientras iba mojando con amoniaco cada unas de las picaduras, abultadas como volcanes, confió en la capacidad de distorsión al evocar aquel verano en la Toscana.



17.7.11

OPOSITANDO




Hubo un tiempo en el que independientemente de lo que soñara al llegar trabajo encontraba en el casillero un cruasán recién horneado, con algo de chocolate, o espolvoreado de azúcar glassé. Por aquella época me tocó en suertes ser secretaria en unas oposiciones, de las que recuerdo con cierta incredulidad las pruebas que realizaron los opositores. Diría que condujeron un tractor marcha atrás, hicieron una soldadura, un injerto en un manzano, tuvieron que atarle las patas a un cordero y no ordeñaron a las vacas porque hacía falta llenar el tanque para “el Castillo” y no se podían arriesgar a pasar mucho tiempo sin que saliese leche de aquellas ubres. Como dato de anclaje a la realidad solo podría decir que Raimon era el nombre del presidente del tribunal, del resto de lo que ocurrió me dicen muchos que invento ficciones. Por eso esta mañana al recibir esta carta, miré en el casillero para cerciorarme de que no soñaba, no había cruasanes y sin embargo… lo de Raimon me dejó desconcertada.

“Hola Maria, esta vez no quiero que se me pierda la dirección, tengo el maleficio de que lo que apunto en la calle después no lo encuentro. Como te dije estuve a punto de pedírtelo de nuevo, pero pensaba encontrarlo, me daba rabia ser tan torpe y así fueron pasando los días. El caso que ahora ya está. Lo de la oposición al menos ha tenido el lado bueno que me ha permitido volver a verte. El jefe del tribunal se llamaba Raimon. Yo ya he terminado, por fin. El último día en el práctico tuvimos que esquilar una oveja y ordeñar una vaca y cazar una gallina y atarla de las patas, luego tuvimos que subirnos a un árbol y desde lo alto calcular cuántas hectáreas de bosque se podrían quemar en tres días de radiación solar intensa y con rumbo de viento cambiante. Nos pusieron como un circuito y tenías que ir pasando de una prueba a otra y te iban quitando o dando vidas según las superabas o cometías algún fallo. Parecía un concurso del verano de la tele, pero el premio no era un viaje a Cancún o Nueva York sino a Pont de Suert, que es donde están las dos plazas de la convocatoria. Al bajar del árbol a una aspirante que se llamaba Penélope la eliminaron porque mientras estaba descendiendo haciendo rappel sin darse cuenta rompió una rama en la que había un nido de unos pájaros que salieron volando y no conseguimos identificar por el reflejo del sol y la cría que cayó al suelo un zorro que fue más rápido que nosotros se la llevó y dijeron que todo este destrozo tal como constaba en los criterios de evaluación de la prueba y que se podían constatar en el tablón de anuncios era motivo de expulsión del proceso selectivo sin ni siquiera pasar previamente a nominada. Como te puedes imaginar la chica cuando consiguió aterrizar rompió a llorar porque mientras bajaba algo magullada por el golpe ya era consciente de su eliminación. En ese momento, quedábamos sólo doce aspirantes. La siguiente prueba sirvió para eliminar a otra chica que se atolondró con la motosierra. Resumiendo, la última prueba consistía en una carrera con un tractor de 150 CV con un remolque de 20 metros cargado con abono. Como sólo quedábamos tres, el presidente del tribunal determinó que los dos primeros que llegasen al parking y aparcasen bien el tractor se llevarían las dos plazas. He de advertirte que había que conducir marcha atrás y por un sinuoso camino repleto de dificultades, una de las cuales consistía en atravesar un río aguas arriba y que en el momento de atravesarlo no sé por qué motivo me acordé mucho de ti y de lo a gusto que comí contigo en el café di mar. Es necesario recalcar que el viento soplaba de espalda, con lo cual se nos impregnó la ropa de faena que llevábamos, la cabeza y todo nosotros de olor a abono. El otro chico que quedaba y que era muy majo tuvo muy mala suerte porque en una curva se pasó de frenada y una valla de protección que tenía que haber por casualidades de la vida no estaba en ese momento y el pobre chico se cayó por un barranco de 80 metros lleno de cactáceas a cual con más pinchos. No entro en detalles, pero los gritos de dolor consiguieron hacernos olvidar el hediondo olor de nuestras ropas. Ya sólo quedábamos dos. Parecía que las dos plazas serían para nosotros. La otra aspirante era una chica que se llamaba Ana Mari. Por señas convenimos en ir despacio y a la par para evitar sobresaltos. En esto una repentina ráfaga de viento fortísima levanto todo el abono de los dos remolques, de modo que no veíamos nada y tampoco conseguimos oír a un leñador que gritó !ARBOL VA!. El golpe fue tremendo. Entonces angustiado me desperté de un sobresalto y me di cuenta que todo había sido un sueño debido a la tensión de las oposiciones. Lo que no me acabo de explicar todavía aquel extraño e intenso olor a abono que impregnaba mi ropa y que aún no he conseguido eliminar".


14.7.11

POR UN BOTÓN





Todas las tardes que Clara había pasado en el taller de costura la hacían capaz de enfrentarse sin miedo a coger un dobladillo y a dejar un matrimonio a las puertas. Su decisión llegaría a las clientas de la panadería como colofón de su carácter extravagante, y a la reunión semanal de las hijas de María como cataclismo de la educación liberal que le habían dado sus padres.

Por aquella época, Rosita era la modista más reputada de Figurantes, un pueblo en donde se demostraban las posesiones de sus habitantes por la calidad de la pasamanería y de los bordados que lucían los vestidos en las procesiones. Ser admitida en su taller tenía un reconocimiento tan elevado que las chicas del pueblo se dividían entre las que aprendían a manejar la aguja con Rosita y el resto; y aunque a Clara ponerse un dedal le producía cierta aversión, la debilidad de la modista por los merengues que horneaba su padre le permitió mantenerse como aprendiza hasta que empezase sus estudios superiores.

En el taller se reunían hasta doce chicas como doce apóstoles. Las modistas de Rosita, las veteranas, con un ojo daban certeras puntadas mientras con el otro seguían el trabajo de las oficialas, y éstas a su vez vigilaban a las aprendizas, formando una cadena de cosido que aseguraba las repetidas revisiones de un mismo trabajo. Las labores iban y venían entre aquellas manos al hilo de todo lo que acontecía en el pueblo: sucesos relevantes, secretos a voces o rumores incipientes.

Sin separarse de la máquina más que para hacer las pruebas de vestidos, Rosita cosía junto a la ventana. Le daba al pedal con tal ímpetu que la máquina zumbaba y aquel ritmo frenético desdecía con mucho su cojera. Para algunos era ese el motivo de su soltería, para otros, sabía demasiado, y para la mayoría, se quedó para vestir santos. Pero que se supiese nunca le confeccionó un manto a Santa Rita, ni le remendó el hábito a San Antonio.

Clara nunca llegó a coser más que ojales, pero se convirtió pronto en una recadera indispensable; se adelantaba a las demandas y era memoria para tantas cabezas despistadas. Conocía las necesidades del taller a la perfección porque había conseguido desentrañar su mecánica y se admiraba, a pesar de las rutinas, de la devoción con que Rosita confeccionaba los vestidos, en especial los de novia. En estos encargos especiales su cabeza y sus dedos volaban ágiles, elegía con tino modelos, seleccionaba tejidos, incorporaba encajes, colocaba lentejuelas… actuaba como siguiendo el dictado de una voz clara, una voz que únicamente tartamudeaba si el novio era forastero. Entonces era cuando perdía capacidades, no veía claro el modelo, dudaba en los detalles y era capaz de cerrar las telas con corchetes, ¡hasta a la aguja de su máquina le costaba coser ante lo desconocido!. Ahí fue cuando Clara empezó a sospechar que había detalles que le estaban pasando desapercibidos, que en aquel taller los colores, las agujas, las telas y sobre todo… los botones, tenían un significado. Lo supo el día en que llegó Amalia a pedir consejo para su traje de boda. Por fin se casaba con Mariano, el hijo del cerrajero. Rosita estaba aquella tarde pletórica y aunque le faltaron por concretar algunos detalles, no tenía ninguna duda: el traje llevaría una botonadura de cincuenta y dos botones forrados de tela que seguirían todo el largo de su espalda. Los botones se trataban como joyas, se guardaban en un cofre de madera, envueltos en papel de seda y Rosita reservaba el final de la jornada para deleitarse en su cosido, recreándose en el refuerzo de ese más de medio siglo de felicidad. Lo comprobó más tarde en los vestidos más sencillos: los que llevaban cremallera, cosidas casi con desgana cerraban a cal y canto previsibles desavenencias. Así fueron los vestidos de Carmeta, Vicenta, Alicia y Pepa; con dos botones no había tiempo para hijos, como pasó con los vestidos de Sara, Amparo y Eulalia; botones hasta mitad de la espalda auguraban hijos y tiempo para criarlos; después, casi siempre, una pequeña cremallera. No tuvo tiempo para estudios más largos, había llegado el momento de empezar con su carrera.

Por eso decidía ahora visitar a Rosita, volver al antiguo taller del que habían desaparecido las mujeres, por el cansancio de sus ojos y porque era moda comprar vestidos de novia cosidos para chicas anónimas. Rosita la llevó junto a la ventana, donde permanecía su máquina extenuada, y examinándola atentamente le propuso un sencillo vestido, corto, ceñido a la cintura y con algo de vuelo. Sin perder un minuto comenzó a tomarle medidas.

-¿Llevará botones? –le preguntó Clara con timidez aprovechando que estaba de espaldas.

-Le pondré uno al final de la cremallera –le contestó Rosita

Con el brazo todavía en alto, mientras le medía la sisa, se le desdibujaron todas las pruebas, las del vestido, como si de un tirón una mano certera arrancara los hilos de un mal hilvanado.





14.6.11

para leer


  • Historias de Nueva York
  • Historias de Roma
  • Historias de Londres

Por ser periodista, por escribir cosas interesantes, porque a mi madre le hace gracia Lola que le sigue a todos los países en los que trabaja de corresponsal.



17.5.11

Próxima salida (Pablo)



Subir al tren me evita el infantil ritual de tocar el fuselaje pidiendo con fervor: Avioncito, avioncito llévame al sitio sin sufrir ningún percance. No se trata de un miedo insuperable, pero para ir al congreso yo prefería coger el tren y el que quiera ganar tiempo que vaya volando. El estupor aquí no me lleva más allá de esa fiebre generalizada por hablar bien alto, pegados al teléfono. Para eso se habilita la cafetería, para concentrar a los que se nos hace insufrible escuchar intimidades.

- ¡Hola! -le saluda una cara que le resulta conocida y le mira como si se conociesen- No he podido evitar fijarme en tus pies. Nunca había coincidido con alguien que también tuviese los dedos pegados.

- ¿Los dedos?…¡ah, ya!. La verdad, no le presto mayor importancia. Pero sí, curioso fenómeno este de la sindactilia –le comenta mientras se contemplan los dedos mutuamente.

- Dicho así parece una enfermedad. En mi casa lo llamábamos tener los pies de pato. Cosas de hermanos, venganzas por ser la que mejor nadaba...

Antes de que el silencio prolongado dé la conversación por terminada le pregunta: ¿Lees sobre flores?.

- Sí, cosas de trabajo. En realidad, me dedico a estudiarlas: soy botánico.

- Vaya, no parece que sea una profesión muy demandada en el siglo veintiuno. ¿Qué hace un botánico cuando le rodea el asfalto?

- Pues…se encierra en un despacho para obtener filogenias.

- ¿Otra enfermedad?

- No. Lo siento…, demasiado acostumbrado a utilizar palabras raras. Busco parentescos entre especies de orquídeas. Las organizo por familias, para entendernos.

- ¿Y una vez organizadas?

- Nada. Puro conocimiento sin aplicaciones prácticas. También raro en el siglo veintiuno.

- Rarísimo, pero sugerente. Mi ginecólogo tiene fotos de orquídeas en su consulta. Unas fotografías preciosas en blanco y negro. Dice que se parecen al sexo femenino –le comenta buscando su corroboración.

- Bueno…no sé…–empieza a ruborizarse y adopta el rol de profesor -, el nombre les viene porque el bulbo tiene forma de testículo. Lo que añadiéndolo a tu teoría nos daría una especie particular de hermafrodita: parecidas a un sexo por debajo y al otro por arriba – sonríe pero ella no le presta atención revolviendo en su bolso.

- ¿Me haces un favor?, ¿puedes hacerme una llamada perdida? Parece que me dejé el teléfono en el asiento. -Él le ofrece perplejo su teléfono, como quien se desarma, y ella marca su número.

- Gracias. Lo suponía…, demasiado tiempo sin que sonara –se cuelga el bolso al hombro mientras le dice: pues nada, me alegro que hayamos coincidido. ¡Cuida esos pies y a la familia!.

¡Cómo vamos de locos con el telefonito!. Un punto de razón no le ha faltado: debo cuidar mis pies, al lado de los suyos parecían simiescos. Por un momento pensé que era capaz de leerme el pensamiento, que adivinaba mí escasa experiencia con las mujeres y que sonreía al verme apurado. Me ruboricé y lo notó seguro. Parecía que sabía todo, ¿para que sirve hoy en día un botánico?. Servir, lo que se dice servir… para andar por caminos buscando plantas y que te falten horas para poder observarlas.